Somos nosotros el riesgo: la conversación incómoda sobre lo que publicamos de nuestras hijas e hijos
Antes de pedirles que cuiden su privacidad digital, hay que mirarnos a nosotros mismos.

El primer día de clases de este año, una mamá del grupo de mensajes de la escuela publicó una foto de su hija con el uniforme nuevo frente a la puerta de la casa. La imagen tenía todo: el nombre del colegio en el uniforme, detalles de la fachada, el nombre de la niña en el texto y la ubicación activada.
Lo hizo con amor. Con orgullo. Sin darse cuenta de nada.
Honestamente, cuando veo esa foto pienso en algo que Lucía Fainboim, especialista en ciudadanía y crianza digital, dijo en febrero de 2026 en una entrevista con Infobae: «Una vez que una imagen toca internet, ya no la podemos controlar.»
Y fue más lejos todavía. Advirtió que para el año 2030, dos tercios de los robos de identidad y fraudes financieros vinculados a los adultos de ese momento van a tener que ver con la información que sus padres compartieron sobre ellos cuando eran niños.
Ese niño que hoy tiene ocho años y aparece en cientos de fotos con su nombre, su colegio, su barrio y sus rutinas. Ese niño va a tener veinte años en 2038. Y la huella digital que construimos por él, sin su permiso, seguirá ahí.
LA CONTRADICCIÓN QUE NADIE QUIERE VER
El sharenting, que es como se llama a la práctica de compartir imágenes y datos de nuestros hijos en redes, no nace de la irresponsabilidad. Nace del amor. Del orgullo. Del deseo genuino de conectar.
Pero hay una contradicción que no podemos ignorar. Cuando nuestras hijas e hijos empiezan a tener sus primeras redes sociales, somos los primeros en decirles «no publiques todo, no des tanta información.» Y ellos nos miran y dicen algo que duele porque tienen razón: «Pero tú hiciste lo mismo conmigo.»
Tienen razón.
Las redes están diseñadas para hacernos olvidar la cantidad de gente que hay del otro lado. Subimos una foto pensando en nuestra mamá, en ese familiar que vive lejos. Pero la foto puede ser pública. Puede estar en un grupo de doscientas personas que a su vez la reenvían. Y así la imagen de tu hija llega a lugares que jamás imaginaste.
Hay algo más que muchos padres no saben: las herramientas de inteligencia artificial actuales pueden eliminar un emoji colocado sobre el rostro de un niño y reconstruir su cara en segundos. La táctica más usada para proteger la identidad de nuestras hijas e hijos, simplemente, no funciona.
LO QUE ME PARECE MÁS URGENTE
La privacidad de nuestras hijas e hijos es un derecho. Antes de que puedan ejercerlo por sí mismos, somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad de protegerlo. Y eso empieza con una pregunta simple que casi nunca nos hacemos antes de publicar: ¿le pediría permiso a mi hija o hijo si pudiera entender lo que significa?
Esa pregunta cambia todo. Porque enseñarles desde pequeños que su imagen requiere consentimiento es una de las mejores lecciones de privacidad digital que les puedes dar. Y empieza con tu propio ejemplo, no con tus palabras.
Criar no debería herir. Tampoco en entornos digitales. Y la buena noticia es que siempre podemos cambiar. Podemos revisar lo que publicamos. Podemos preguntar antes de subir. Podemos hacer que esa conversación sobre privacidad digital sea más coherente con lo que hacemos nosotros mismos.
¿Has pensado en el rastro digital que estás construyendo para tus hijas e hijos? ¿Sabes qué información revelan las fotos que publicas sin darte cuenta?
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Gairimar Cano
Niñez y Adolescencia sin Heridas
