¿Por qué mi hijo adolescente vive cansado e irritable? Tal vez sea burnout digital
No es vago ni malcriado. Puede estar agotado. Y quizás nosotros también.

Hace poco una mamá me escribió algo que se me quedó dando vueltas. Me dijo: “Mi hija duerme nueve horas y se levanta como si no hubiera dormido nada.” Y mientras me lo contaba, ella sola se fue respondiendo. La niña se dormía con el celular en la mano y se despertaba con el celular en la mano. El cuerpo descansaba. La cabeza no apagaba nunca.
No sé tú, pero a mí esa escena me suena conocida. Demasiado.
Te cuento por qué te traigo esto justo ahora. Hace pocos días, el 14 de junio, en Catamarca, Argentina, una diputada presentó un proyecto de ley para declarar el “burnout digital infantojuvenil” como un problema de salud pública prioritario. El texto habla de algo que tú y yo ya conocemos sin necesidad de leerlo: niñas, niños y adolescentes que pasan horas largas frente a pantallas y empiezan a mostrar agotamiento mental, problemas para concentrarse, sueño alterado, irritabilidad, ganas de aislarse y desinterés por todo lo que antes les gustaba.
Y casi al mismo tiempo, a principios de junio, en México, la psicóloga clínica Reyna Valenzuela Llanes lo explicaba en una entrevista con palabras muy parecidas. Que el uso excesivo de dispositivos golpea la concentración, el sueño, las relaciones y el ánimo. Que se agrava en los menores cuando no hay límites. Y que aparece como fatiga mental, baja autoestima, aislamiento y bajón en el rendimiento.
Fíjate en algo. No es una sola voz alarmista gritando sola. Es un tema que ya está llegando a los congresos y a los consultorios al mismo tiempo, en países distintos. Eso a mí me dice que no nos lo estamos inventando en casa.
Ahora, seamos honestas con una cosa, porque acá no vendemos humo. El “burnout digital” todavía no es un diagnóstico clínico formal. No vas a encontrarlo como tal en los manuales médicos. Te lo aclaro para que nadie te asuste de más ni te quiera vender una etiqueta. Pero que no tenga un nombre oficial todavía no significa que lo que estás viendo en tu casa no sea real.
Y el telón de fondo sí pesa. La Organización Mundial de la Salud, en su información oficial, dice que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años en el mundo —el 14,3%— vive con algún trastorno mental, y que la ansiedad y la depresión están entre los más comunes. Detrás de esos números hay muchachos y muchachas de carne y hueso. Probablemente conoces a varios. Probablemente vive uno bajo tu techo.
La verdad es que esto me preocupa por una razón que va más allá de las pantallas. Porque el vínculo precede a la norma. Siempre. Y cuando un hijo está agotado de una manera que ni él entiende, lo primero que necesita no es que le quiten el celular de un manotazo. Lo primero que necesita es que alguien se dé cuenta. Que alguien le pregunte cómo está y se quede a escuchar la respuesta completa.
Acá viene la parte incómoda, la que a mí también me costó mirar. Muchas veces nosotros, las madres y los padres, estamos igual de agotados. Revisamos el teléfono en la mesa, contestamos correos en la cama, dormimos con el celular a quince centímetros de la cara. Y después les pedimos a ellos algo que nosotros no hacemos. Los muchachos no aprenden de lo que les decimos. Aprenden de lo que nos ven hacer.
Entonces, ¿qué sí podemos hacer esta semana, sin dramas y sin convertir la casa en un campo de batalla?
✦ Mira primero el sueño, no el reloj de las pantallas.
Si tu hijo o hija duerme y aun así amanece sin energía, fíjate qué hay en su mano cuando cierra los ojos y cuando los abre. Ese detalle dice más que cualquier control de tiempo.
✦ Pregúntate por tu propio uso antes de hablar del de ellos.
¿A qué hora sueltas tú el teléfono? Esa pregunta duele un poco. A mí me dolió cuando me la hice. Pero es la más honesta de todas.
✦ Nombra el cansancio sin diagnosticar.
No le digas a tu hijo “tienes burnout”. Dile algo más simple y más verdadero: “Te noto cansado de una manera que me preocupa. ¿Quieres que hablemos?” No hace falta una etiqueta. Hace falta presencia.
✦ Cuida una sola desconexión real al día.
No las pantallas todo el día apagadas, eso no va a pasar y lo sabes. Una. Un momento sin teléfonos para todos, incluida tú. La cena, la caminata, los diez minutos antes de dormir. Empieza por uno.
Nada de esto resuelve el problema de raíz. Tampoco pretende. Pero abre la puerta. Y con estos temas, abrir la puerta es casi todo.
¿Y tú, has notado ese cansancio raro en casa, el que no se va aunque duerman bien? ¿Qué crees que está pesando de más en tu hijo o hija en este momento?
Si sientes que esto te toca de cerca y quieres acompañamiento para mirarlo con calma —en tu familia, en el colegio de tus hijos o en tu institución— puedo ayudarte. Escríbeme para una orientación, un taller para madres y padres o una conferencia. A veces poner el tema sobre la mesa, bien acompañadas, cambia todo.
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Gairimar Cano
Niñez y Adolescencia sin Heridas
