Después del terremoto: ¿cómo acompañar a una niña o un niño que tuvo miedo?
Después del terremoto: ¿cómo acompañar a una niña o un niño que tuvo miedo?

Después del 24 de junio, cuando la tierra se movió, algo también se movió por dentro. Y todavía nos cuesta ponerle nombre a eso.
Muchos lo vivieron con un hijo de la mano, con una hija haciendo preguntas que no sabían responder. En ese momento hicieron lo que había que hacer: reaccionar, proteger, sostener. Pero días después quedó dando vueltas una pregunta: ¿lo estoy acompañando bien?
Te soy sincera: yo también me la hice.
Este texto es para responder esa pregunta. No desde la teoría, sino desde lo que he visto, después de tantos años, acompañando familias.
¿Qué necesita realmente un niño cuando tiene miedo?
Necesita presencia, no explicaciones. Esa es la respuesta corta.
Los niños no recuerdan los hechos como nosotros. No van a recordar la hora exacta, ni cuánto duró, ni lo que dijo el noticiero. Van a recordar cómo se sintieron. Van a recordar si el adulto que estaba a su lado temblaba o los sostenía.
Por eso lo digo así de claro: el primer refugio de un niño no es un lugar. Es la persona que le hace sentir que todo va a estar bien.
¿Tengo que estar tranquila para que mi hijo esté tranquilo?
No. Y esta es la trampa que más daño hace.
La calma que un niño necesita no es la de quien no siente nada. Es la de quien siente, lo reconoce y aun así se queda presente.
Un niño que ve a su mamá triste y le explican por qué, aprende que la tristeza se vive y se pasa. Un niño que ve a su mamá triste y le dicen “no es nada”, aprende algo peor: que lo que percibe no se puede nombrar. Y que tiene que cargarlo solo.
La herida no es solo el susto. La herida es el silencio.
¿Qué le digo a mi hijo si me pregunta si va a volver a pasar?
Dile la verdad, pero a su medida. Nunca le prometas lo que no puedes cumplir.
No digas: “esto no va a pasar nunca más”. Di algo que sí sea cierto:
“No sé cuándo puede volver a pasar algo así. Pero yo voy a estar contigo.”
Los niños soportan la incertidumbre mejor que la mentira. Lo que no soportan bien es descubrir que sus adultos les dijeron algo falso para calmarlos.
¿Cómo hago para que me cuente lo que siente?
Pregunta y aguanta el silencio. Ahí está una parte importante.
Prueba con: “¿Cómo te has sentido estos días?”
Y luego cállate. No llenes el espacio. Los niños necesitan más tiempo del que solemos darles para encontrar sus palabras. Ese silencio incómodo suele ser justamente el lugar donde aparece lo que tenían guardado.
¿Qué hago con las pantallas en estos días?
Guárdalas un rato al día y míralo a los ojos. Suena simple. Es lo más difícil.
En una crisis, los adultos solemos pegarnos al teléfono buscando información, calma o respuestas. Mientras tanto, ellos nos observan. Lo que ven es una cara preocupada frente a un aparato. Y eso también les habla.
Ninguna pantalla reemplaza la seguridad que da una mirada atenta.
¿Cuándo vuelvo a la rutina normal?
Ya. Pero empieza por lo pequeño, no por los discursos.
He visto familias correr de vuelta al trabajo y a la escuela como si moverse mucho pudiera tapar lo que no se quiere mirar. Pero los niños perciben todo: se quedan en una casa donde aparentemente nada cambió, aunque todo se sienta distinto.
La normalidad no vuelve solo hablando. Vuelve con el juego, el cuento antes de dormir, la caminata, la comida compartida. Rutinas mínimas que dicen, sin decirlo: la vida sigue y yo estoy aquí.
¿Y quién me sostiene a mí?
Alguien tiene que hacerlo. Búscalo.
No puedes ser el refugio de otro si tú estás a la intemperie y nadie lo sabe. Habla con tu pareja, con una amiga, con un profesional. Eso no es debilidad. Es lo que te permite seguir siendo un lugar seguro para tu hijo.
Lo que quiero que te lleves
El vínculo viene antes que la norma. Antes de reorganizar horarios, antes de exigir buen comportamiento, antes de contar las horas de pantalla, hay una pregunta que va primero: ¿este niño se siente acompañado?
Porque un niño acompañado puede atravesar casi cualquier cosa. Y un niño solo, aunque esté rodeado de gente, guarda el susto por dentro. Ese susto muchas veces sale después: en pesadillas, en miedo a dormir solo, en conductas que aparecen cuando ya nadie está mirando.
Después de lo que vivimos, sabemos que el tiempo no se promete. Que eso no nos deje en el miedo. Que nos deje sabiendo que la presencia es lo único que de verdad podemos ofrecer, y que se ofrece hoy.
Hoy mírale a los ojos un poco más de lo normal. Hoy toma su mano.
¿Y tú, cómo lo estás viviendo en casa? ¿Qué te ha pedido tu hijo estos días, aunque no lo haya dicho con palabras?
Gairimar Cano
Niñez y Adolescencia sin Heridas
