¿Por qué mi hija o mi hijo no tolera esperar? El celular puede estar entrenándole para eso
A veces el problema no es cuánto tiempo pasa en la pantalla, sino lo que no está aprendiendo mientras está ahí.

Cuando hablamos de pantallas, casi toda la conversación se va al reloj. Cuántas horas, cuántos minutos, a qué hora se apaga. Y está bien preguntarse eso. Pero hay algo que se nos escapa por debajo, y a mí me parece más serio.
Piensa en lo que ocurre dentro de un juego o un video corto. El niño toca y algo pasa de inmediato. Si se aburre, desliza. Si pierde, reinicia. Si no le gusta, cierra la ventana. Nunca tiene que esperar ni aguantar el fastidio.
Ahora piensa en lo que le pide la vida real: esperar su turno en el recreo, aceptar un “no”, aguantar que su hermana use primero el columpio. Las reglas son al revés, y él pasa muchas horas al día entrenándose en las otras.
¿Es verdad que las pantallas bajan la tolerancia a la frustración?
Hace pocos días, en una entrevista en México, la psicóloga Laura Amador explicaba justamente esto: que la poca tolerancia a la frustración en los niños se está viendo cada vez más ligada al contacto constante con celulares y tabletas, sobre todo cuando se los damos para entretenerlos mientras nosotros hacemos otras cosas.
Pero ella agregó un matiz que yo quiero subrayar, porque me parece de una honestidad que se agradece: la sobreexposición a las pantallas es un factor de riesgo, no la causa única. Un niño al que se le ha enseñado desde pequeño a manejar la espera va a regular mejor su conducta, incluso si usa pantallas. Y otro al que nunca se le enseñó eso lo va a pasar peor.
O sea que el celular no es un villano con poderes mágicos. La diferencia la sigue haciendo la crianza, que es una noticia incómoda y buena al mismo tiempo.
¿Cómo sé si a mi hijo le está costando tolerar la frustración?
Según la misma especialista, hay señales bastante claras: los berrinches cuando se le niega el dispositivo, los cambios en sus hábitos de comida, y que duerma menos por estar en la pantalla.
Yo le agregaría algo que se ve mucho en las casas. Fíjate en cómo reacciona cuando algo simplemente tarda. No cuando le quitas el teléfono, eso ya lo sabemos. Sino cuando hay que esperar la comida, cuando el juego de mesa va lento, cuando la tarea no le sale a la primera. Si en esos momentos aparece la desesperación, ahí hay algo que atender.
¿Por qué se enoja tanto cuando le quito el celular?
Porque para él no es un aparato que se apaga, es un estímulo constante que se corta de golpe.
Y aquí hay algo que nos ahorra muchos pleitos en casa: la manera en que le quitas el dispositivo importa tanto como el hecho de quitárselo. Si se lo quitas de sorpresa, en medio de una partida, con la mano estirada y sin aviso, el estallido está garantizado. Avisar antes —“te quedan diez minutos”, y después “cinco”— cambia por completo el resultado. No es que de repente se vuelva obediente. Es que le estás dando la oportunidad de cerrar lo que estaba haciendo, y esa es justo la habilidad que queremos que desarrolle.
¿Qué le devuelve la capacidad de esperar?
Todo lo que las pantallas no le dan. Y es más simple de lo que parece, además no cuesta dinero.
La psicóloga que citaba recomienda volver a los juegos de mesa, a dibujar, a colorear, a los memoramas, a armar rompecabezas. Y cuando uno lee esa lista puede pensar que son actividades para matar el tiempo, pero no. Un rompecabezas te obliga a aguantar que la pieza no encaje a la primera. En un juego de mesa hay que esperar tu turno mientras los demás juegan, y a veces perder. Colorear te pide quedarte quieto un rato haciendo algo que no da premio inmediato. Y cuando el juego es con hermanos o primos, ahí sí hay que resolver el conflicto de frente, porque no puedes cerrar la ventana y ya.
Todo eso es lo que no se construye frente a una pantalla, por buena que sea la aplicación.
¿Y si en mi casa ya se nos fue de las manos?
Se puede recuperar. No de un día para otro, pero se puede.
Empieza por un solo momento del día sin pantallas para todos, y sostenlo. No anuncies una revolución en la casa, porque esas duran tres días y después nadie las cumple. Escoge la cena, o los veinte minutos antes de dormir, y que sea sagrado. Un hábito que se mantiene pesa más que diez reglas nuevas.
Y ojo con algo, que lo digo con cariño: nosotros también estamos en esto. Una persona adulta sobreexpuesta a la pantalla también pierde la paciencia y contesta de mal modo. Esa misma especialista lo mencionaba: el cerebro necesita ratos de descanso, y cuando no los tiene, uno reacciona de forma más impulsiva.
Lo que quiero que te lleves
La pregunta no es solo cuántas horas pasa tu hijo en la pantalla, sino qué está dejando de practicar en esas horas. Esperar. Aburrirse un rato sin que se le caiga el mundo. Perder y volver a intentar. Aceptar un “no” sin que se convierta en una batalla. Nada de eso se aprende solo, y nada de eso se aprende ahí.
¿Y tú, qué has notado en casa? ¿A tu hijo le cuesta más esperar de lo que te gustaría?
Gairimar Cano
Niñez y Adolescencia sin Heridas
