|

¿Por qué los juegos “gratis” de tu hija o tu hijo terminan costando dinero? Las trampas que no ves

No es casualidad. Está diseñado así.

Hace unos días, en Argentina, una diputada presentó en el Congreso un proyecto de ley que me pareció importante contarte, porque pone en palabras algo que muchas familias viven sin saber nombrarlo. El proyecto busca regular las llamadas “cajas de botín”, esos sobres o cofres sorpresa que aparecen dentro de muchos videojuegos populares, donde el niño paga —a veces con dinero real, a veces con monedas del juego que igual costaron dinero real— sin saber qué va a recibir a cambio.

Mira el detalle que más me llamó la atención de ese proyecto. Propone que los controles parentales vengan activados por defecto, y que el niño no pueda desactivarlos por su cuenta. Y eso ya dice algo, ¿no te parece? Si hace falta una ley para que un niño no pueda apagar el control de sus propios padres, es porque el juego no está diseñado solo para jugar. Está diseñado para que gaste.

Esto me preocupa de una manera distinta a otros temas digitales de los que te he hablado antes. Aquí no hay un desconocido detrás de la pantalla tratando de ganarse la confianza de tu hijo. Hay una empresa, con gente muy preparada, que diseñó mecánicas pensadas para generar en un niño de ocho años la misma urgencia que sentiría un adulto frente a una máquina tragamonedas.

Te explico cómo funciona, porque una vez que lo ves, ya no se puede dejar de ver. El juego es gratis para descargar. Eso nos baja la guardia a todos: “total, no cuesta nada”. Pero adentro, el juego premia con monedas virtuales, con vidas extra, con personajes especiales. Y esas recompensas casi nunca alcanzan solas. Siempre falta un poquito más. Un cofre más. Una moneda más. Y ese “un poquito más” tiene un precio en dinero real, disfrazado de moneda de juego para que no se sienta como gastar plata de verdad.

A eso se le suma la presión de los amigos, que el propio proyecto de ley menciona como parte del problema: el compañero de clase tiene el personaje nuevo, el traje especial, el pase de temporada. Y nadie quiere ser quien se quedó afuera.

No culpo a los niños por caer en esto. Un adulto también cae, y lo sé bien. Estas mecánicas de compra sorpresa se han estudiado y comparado con el diseño de los juegos de azar. No es una exageración mía. Es lo que dicen los propios organismos que regulan las apuestas.

Entonces, ¿qué hago con esto en mi casa, si tengo un hijo que juega?

Lo primero es simple pero incómodo: no vincules tu tarjeta a la cuenta de tu hijo, y que cualquier compra necesite tu autorización cada vez, no una vez y ya. Después, habla del tema sin regañar. Pregúntale qué es lo que más le tienta comprar en su juego favorito y por qué. Vas a aprender mucho de esa conversación, y de paso le vas a enseñar a reconocer cuándo lo están empujando a gastar.

Y hay algo que sí funciona: ponerle nombre a la trampa. Decirle algo como “esa sensación de que si no compras te vas a quedar atrás, no es casualidad, la diseñaron así a propósito.” Un niño que entiende que lo están manipulando deja de ser un blanco tan fácil. De vez en cuando, revisen juntos cuánto se ha gastado, no como control policial, sino como algo que hacen en familia, igual que revisarían cualquier otro gasto de la casa.

No se trata de prohibirle los videojuegos. Se trata de que entienda las reglas del juego de verdad, no solo las que aparecen en la pantalla.

¿Y tú, has revisado alguna vez cuánto se ha gastado tu hijo en su juego favorito sin que te dieras cuenta?

Gairimar Cano

Niñez y Adolescencia sin Heridas